miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ministrando a tu pastor I parte


Romanos 1:8-12. Pablo le dice a la iglesia:

En primer lugar, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros, porque por todo el mundo se habla de vuestra fe. Pues Dios, a quien sirvo en mi espíritu en la predicación del evangelio de su Hijo, me es testigo de cómo sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones, implorando que ahora, al fin, por la voluntad de Dios, logre ir a vosotros. Porque anhelo veros para impartiros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para que cuando esté entre vosotros nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la vuestra como la mía.

Quiero hablar de nuestra responsabilidad de ministrar a nuestro pastor.  Hemos escuchado muchas veces que todos los cristianos son ministros, de acuerdo con Efesios 4:12.  Enfatizamos en las clases de Escuela Dominical la necesidad de orar el uno por el otro  y animarse en la fe, pero pienso que a veces nos olvidamos que nuestro pastor es uno de nosotros.  Entonces quiero recordar la razón por la que necesitamos ministrar a nuestro pastor, cómo podemos hacerlo mejor, y qué podemos esperar como resultado.

Primeramente, ¿por qué debemos ministrar a nuestro pastor? La razón es que él es humano y un amigo creyente como nosotros.  Como hombre, él es sensible a las tentaciones así como nosotros.  La fe no es automática para él solo porque es el pastor.  No es más fácil para él ser una persona cariñosa, esperanzada de lo que es para nosotros.  Sus recursos en la batalla de fe no son mejores que los nuestros.  Él es uno de nosotros.

Más que eso, las cargas únicas de su llamado demandan nuestra fiel ministración hacia él; por ejemplo, la preocupación administrativa de ver que cien detalles sean completados.  Ni nos damos cuenta de muchas de esas cosas.  También está el llamado de escuchar y predicar los mensajes de Dios semana tras semana.  Nunca pienses que estos mensajes vienen fácilmente para el pastor.  Si son consistentemente bíblicos, requieren mucho trabajo fuerte.  Muchas lágrimas son derramadas en el estudio de los sermones del pastor que no vienen simplemente.  Si nosotros nos sentimos secos espiritualmente quizás no vayamos a la iglesia o vayamos por una renovación, pero ¿a dónde puede ir el pastor?

Después, hay la preocupación de querer que su iglesia actúe más como Jesús y que sean la luz del mundo. Pablo dijo a los gálatas (4:19), "Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros." Nada pesa más en el corazón del pastor que cuando su iglesia no crece en fe, amor y rectitud.

Ustedes pueden hacer listas más largas de las presiones del pastor, pero en la II parte consideremos cómo podemos ministrar a nuestro pastor.